miércoles, 14 de febrero de 2018

Para leer en la palma de la mano


Querría escribir historias que nos reconcilien con la vida o nos interroguen sobre sus misterios, como aquellas Historias de la palma de la mano del japonés Yasunari Kawabata, premio Nobel de literatura en 1968.  Jirones de vida, retratos de la condición humana, sutilezas de la cotidianidad y del tiempo que, como un ovillo, se desenvuelve, a veces acariciándonos, a veces triturándonos entre sus minutos; pero, ante todo, historias de vida, viva, no de muerte.

Pero no, es irremediable. Tengo que dejarlas de lado porque existe una realidad que atropella y arrasa, enmudece y produce escalofríos.  Leo titulares de noticias en los que imperan más las aciagas que las buenas.  El mundo parece empeñado en destrozarse.  Y Colombia no es ajena a ello.  Un observador extraterrestre diría que intenta ganarse el estrellato:

Los líderes sociales están siendo asesinados.  Más de cien en todo el año pasado.  Más de veinte en lo que va corrido de este año.  Las cifras cambian, según las organizaciones. Pero lo cierto es que los están matando. 

Ocho policías muertos y cuarenta heridos en un atentado cometido por el Ejército de Liberación Nacional que reivindicó el ataque alevoso con el que, es muy posible, aspiraba a fortalecer su posición dentro de una negociación, ya rota. 

No enumero más, porque se hace largo el artículo. Pero, esto es violencia política.  Violencia sembrada por aquellos que saben usufructuarla, cultivada en un terreno de desigualdad e impunidad, y abonada bajo el principio de la plata fácil que ha permitido la proliferación de todo tipo de mafias y de carteles: del tráfico de armas, del narcotráfico, de la gasolina, del microtráfico, de la hemofilia, de la toga…

Violencia que, como la gota del suplicio chino, nos ha permeado por años y años, penetrando hasta los tuétanos, hasta hacernos vivir con miedo, aunque no lo reconozcamos; que nos ha inoculado de indiferencia hasta sentir que esta realidad de espanto afecta a otro, pero no a nosotros; a mí, que estoy leyendo, a los míos, que son cercanos.  Reconozco la enfermedad en un titular de prensa:  “Un violento comienzo de año para los líderes sociales”. Solo para ellos.  Al que lee, no lo toca.  Lo informa, pero no debe tocarlo.  

Los líderes sociales, al fin y al cabo, no son sino “los otros”. Los policías también son unos “otros”, no nosotros. Están también entre esos “otros”, los asesinados por la delincuencia común que, en terreno tan fértil, se cuentan en decenas porque matar es un verbo de fácil conjugación en Colombia.  Se mata por una camioneta de alta gama, por una bicicleta, por una billetera,  por una mirada. Porque sí o porque no. 

Y seguimos escudados en nuestro miedo, y parapetados en la indiferencia. La parca violenta no va a tocar en nuestra casa.

Quisiera escribir historias bellas y sutiles, como las de Kawabata, que se puedan leer en la palma de la mano, sin sangre, sin sevicia, sin crueldad. Historias de mucha humanidad.



viernes, 13 de octubre de 2017

¿Dejaremos que Colombia sea solo un país de criminales?

Leo, estupefacta, que un grupo que se llama a sí mismo autodefensas gaitanistas de Colombia, emitió un comunicado en el que amenaza con asesinar a diez personas, algunas de ellas, ignoro si todas, sobrevivientes de la Unión Patriótica, grupo político que fue exterminado hace ya tres decenios, sin que hasta ahora haya habido castigo para los responsables.

Los conminan a dejar su militancia política y a abandonar el país, de lo contrario los sentencian a morir.

Mi estupefacción no nace del que puedan hacerlo.  Se cuentan en cientos, que son miles, los asesinatos cometidos con toda la sevicia y la crueldad que habita en estos seres desalmados; en miles los desaparecidos, en cientos los masacrados, en millones los desplazados.  Así que no me queda duda alguna de que puedan añadir más sangre a la lista interminable de los muertos.

No, mi estupefacción nace de pensar que podamos permitirlo.  Que vayamos a dejar que se repita, otra vez, como en un círculo infernal, la rueda eterna de muerte en que vivimos.

Me niego a creer que en Colombia sean más los malos que los buenos.  Que de tanto vivir entre la sangre tengamos una mente pervertida.  Que la indiferencia nos habita y que vayamos a permitir, como en una condena eterna, un nuevo baño de sangre.

Me niego a ver que la amenaza es primero titular de prensa y luego noticia diaria que va dando cuenta de los muertos sin que la sociedad entera se levante, en todas las ciudades, en todos los pueblos, en todos los caseríos, para decir que basta ya, que nos cansamos de la muerte impuesta por los dueños de las armas y sus pseudo-ideologías, disfraces patéticos de sus intereses económicos y de sus mentes criminales.

Me niego a aceptar la inoperancia de las instituciones que deberían demostrar con hechos, como la captura de los cabecillas y miembros de las tales autodefensas gaitanistas, que de verdad están comprometidas con la paz, y que esta no es un discurso muerto.

Quiero creer que en toda Colombia nos estamos levantando y rodeando a cualquier persona amenazada, sin importar qué piense, donde milite, qué color tenga, para decir que no podrán matarla porque de permitirlo, una vez más, estamos matando la esencia misma que nos hace humanos.

Quiero creer que somos capaces de romper las cadenas del odio, que tanto proclaman unos; y también el cerco de la indiferencia que nos mantiene al margen cada vez que amenazan y asesinan a alguien porque consideramos que eso le pasó al vecino pero no a nosotros.

Quiero saber que Aída, Jahel, Gabriel, Felipe, Pablo, Nixon, Josefa, Ivanovich, Andrés y Pavel, a quienes no conozco, están acompañados, rodeados de gente que los cuida, porque si los tocaran a ellos es como si nos tocaran a nosotros mismos; y que, por encima de la equidad y del equilibrio social, empezaremos a rescatar el primer derecho fundamental: el de la vida, del que se desprenden todos los demás, y el quinto mandamiento, que ojalá fuera el primero: No matarás.  Todo lo demás, vendrá después.



miércoles, 23 de agosto de 2017

A las putas también las violan*

No se de fútbol y menos de sus celebraciones, pero según leí el equipo Santa Fe de Bogotá celebró en enero pasado una victoria, ¿obtuvo una copa quizá?  La fiesta oficial fue en un hotel del norte de la ciudad y a ella fue invitada una mujer que trabaja como prostituta, bajo una modalidad que en Colombia se conoce como prepago.  Nombre que engloba servicios que son también de compañía.  Se trata de mujeres de buen cuerpo y presencia, que no desentonan en ocasiones como esta, una fiesta de celebración.

El periódico El Espectador, que destapó el escándalo, que ya era comidilla en los medios deportivos, da cuenta de la versión de la víctima:  fue contratada para tener sexo con un jugador, prestó sus servicios, cobró y bajó al salón para continuar en la fiesta.  Pero allí tuvo una nueva oferta y subió otra vez a una habitación donde se encontraba con quien la contrató cuando se abrió la puerta y entraron seis hombres más, a los que el contratante invitó: “Háganle, aprovechen”, y aunque ella, que estaba desnuda, se negó, fue abusada por los seis.  

Desconozco la manera hilada en la que se dieron los hechos, pero lo cierto es que además de violada, a la mujer le hicieron conejo:  el jugador que la contrató y que invitó a sus colegas a disfrutar de su “adquisición” no le pagó.  Lo cierto es que la mujer puso una denuncia y en ella narró que los abusadores le hicieron daño.  No por puta una violación no duele.

Leo en otro periódico una entrevista a una mujer de una asociación de prostitutas. No sabe si su colega continuará con la demanda o no.  Deja entrever que quizás si pagan los servicios, ésta podría ser retirada.  Están tan confundidas ellas y, sobre todo, ella, la víctima, como deben estarlo muchos de los que han leído la noticia.

¿Si es prostituta no hay violación?  No, porque es su trabajo, deben estar diciendo muchos.  Y ella misma parece está cayendo en la trampa.  Es decir, además de vejada, confundida.  Y hasta asustada, porque dicen que salió del país y se encuentra en España.

Pero no, no es así: una violación se presenta cada vez que una persona es sometida a un acto sexual sin su consentimiento, aunque su trabajo sea el de puta. Y esto es lo que pasó aquí.  La mujer hizo un contrato verbal de trabajo para atender a un cliente, no a seis, y se negó a tener relación con la media docena que abusó de ella. Luego, fue violada.  No hay discusión al respecto. No hay lugar a confusión. No admite excusas.

Y los violadores deben ser castigados y no ovacionados. La violación cometida por estos seis jugadores es un delito y un delito mayor, que debe ser juzgado y castigado; no hay lugar ni al silencio ni a la impunidad porque estos hombres salen a las canchas a disputar partidos y se convierten en referentes. En estilos de vida que otros, los que integran las masas que los siguen, quieren imitar.  ¿Hay algo más peligroso? …

Sí. Que no haya justicia. Que la mujer se quede con las secuelas de la violación masiva y los seis violadores sigan siendo aplaudidos en los estadios.  Tan peligroso como la permisividad con aquellos a quienes consideran “astros”, así no den más que asco, es la falta de justicia, y el silencio.


*Mi hermana me dice que no use la palabra puta, pero la dejo porque creo que retrata exactamente lo que una sociedad hipócrita piensa sobre el trabajo que ejercen estas mujeres sin preguntarse si eligieron este ejercicio con libertad, si es la miseria o el abandono lo que las empuja a ello o si, peor aún, son meras víctimas, prisioneras de los carteles de trata de blancas.

martes, 27 de junio de 2017

Enterrar a los muertos

Joaquina* morirá en el dolor de no haber enterrado a su hijo desaparecido.  La imagen me llega en un momento de una entrevista. Y entonces me devuelvo a lo que he leído: Cuando el homínido empieza reconocerse, descubre la muerte.  El que está a su lado deja de ser carne comestible.  Algo pasa cuando el cuerpo se queda quieto para siempre, y eso aterra e interroga.  Surgen, entonces, los enterramientos como un primer indicio de la consciencia humana ante ese fenómeno que le hace descubrir, en el muerto, un otro.

Los homínidos entierran a sus muertos.

Pero Joaquina, y miles como ella, en Colombia, no han podido enterrar a los suyos, porque sus muertos, sesenta mil seiscientos treinta personas, están desaparecidos.  Sus cuerpos nunca fueron encontrados.  Y al dolor de la ausencia, se añade el dolor de no saber dónde quedaron, dónde están sus restos, porque vivos ya no los van a encontrar.

Leo un testimonio, uno entre decenas, recogidos por la periodista Claudia Palacios en su libro Perdonar lo imperdonable.  El que habla reconoce no cientos sino miles de víctimas, unas cuatro mil, y también que muchas de esas víctimas nunca van a ser encontradas porque los cremaron o los hicieron pedazos y se deshicieron de ellos en los ríos.

El contexto es aterrador.  Son las autoridades las que les sugieren que hagan algo porque los regueros (la palabra es mía) de cadáveres atraen la atención, los medios publican, y no les quedará alternativa distinta a investigar, y tendrían que llegar a capturarlos. 

“Los amigos del DAS y la Sijín nos dijeron que no dejáramos a la gente por ahí botada sino que la despedazáramos y la desapareciéramos porque sino ellos iban a tener que investigar y dar con los responsables, o sea, con nosotros” confiesa a la periodista.

La solución, a este grupo en específico, les llega cuando ven los hornos de una ladrillera.  Empiezan entonces las cremaciones.  Aquellos a quienes asesinaron nunca podrán ser encontrados, nunca visitados en sus tumbas, nunca reconocidos en su desaparición porque, también es sugerencia de las  autoridades, pueden decir que se fueron a Venezuela.

Todo es perverso, desvirtuado, inhumano. 

Porque Colombia está convertido en un país enconado, con dos únicos mandamientos: “¡Matarás! “, y “Todo se hará en beneficio de los pregoneros de la muerte”.

Así es como nos sueñan los sacerdotes del odio.

*Sandoval Ordóñez Marbel (2017) Joaquina Centeno. Medellín: Sílaba Editores.